lunes, 22 de julio de 2013

Maquinaria de reloj

“Todos somos como relojes,
un conjunto de engranajes
 que funcionan al unísono
 hasta que estos se detienen.”

Los monstruosos edificios de las afueras de la clásica ciudad inglesa escupían sus bocanadas de humo denso y oscuro por sobre todas las casas, desde las más pobres hasta las más ostentosas, ninguna escapaba a la grisácea nube industrial.
Como un afinado reloj, la vida comenzaba con la salida del sol, con olor a pan caliente y con la marcha casi automática de los habitantes hacia sus respectivos trabajos. La ciudad entera gozaba de un equilibrio y armonía inquebrantable, en la cual sus pobladores  eran los engranajes que le permitían moverse y avanzar de forma rutinaria, día tras día.
Durante el invierno, las actividades no cesaban, lo único que cambiaba era la vestimenta de las almas andantes y el dulce olor de la danza entre las llamas y la madera, que ocurría en los hogares de las casas. Y fue durante un invierno en el que apareció un nuevo residente en la ciudad.
Al final de la calle Coal Street en un edificio de ladrillo como todos los otros y sin mucha diferencia de los demás, se instaló una relojería, la primera de la ciudad. El hecho desconcertó la curiosidad de los vecinos de la zona, que pronto comenzaron a chismotear  detrás de los muros para no ser oídos. Miraban el lugar de una forma distante, como si fuese un hecho extraño, un tumor que se había establecido para desequilibrar la organizada sociedad.
No era una excepción la de Richard Wallbury, quien vivía frente al local junto con su esposa Mary y su pequeño hijo Leonard. Richard provenía de una burguesa familia y era un exitoso industrial, que había heredado la fábrica de su familia.
Así como todos los días en Ironidge, se levantó a las seis de la mañana junto a su esposa, en la misma cama matrimonial de todos los días y sin hacer el menor ruido se puso sus grises medias, su pantalón negro de lino, sus lustrados zapatos de cuero, sus elásticos tirantes negros, su blanca camisa almidonada y un chaleco de dorados botones. Una vez en el baño, siguió la rutina diaria de lavarse la cara, peinarse el pelo hacia atrás dejando en evidencia las dos entradas en su frente, afeitarse con su afilada navaja con un solo pequeño corte en el lado derecho debajo de la barbilla, pero nada que un poco de agua fría no lo solucionara. Una vez en la cocina, la pava hervía para preparar un té mientras el resto de la familia despertaba. Luego del desayuno, en el cual leía el diario mientras fumaba la misma pipa del día anterior, se acercó a la entrada dispuesto a salir al trabajo a las siete y media. Tomó su galera, su saco negro,  su pesado sobretodo y su bastón con un trabajado mango de plata.
Cuando tocó el picaporte de la puerta, sintió que algo había cambiado en su día, que algo estaba fuera de lugar; miró hacia abajo y vio en el piso una carta dirigida hacia él. La abrió con pulcra cautela y la leyó “Estimado Sr. Wallbury. Le enviamos esta carta con el motivo de comunicarle sobre la defunción de su tío John Wallbury en el día de ayer a las doce de la noche. Lamentamos su pérdida y le informamos acerca del velatorio que se realizará mañana a las tres de la tarde. Nuestro más sentido pésame”. Si bien la noticia lo golpeó por sorpresa, nada quebró su sentimiento rutinario, miró la fecha y supo que el día del velatorio era ese mismo. Le contó la noticia a su esposa y le avisó que trabajaría, para luego ir en coche a la ciudad vecina al velatorio de su tío.
Mientras viajaba, Richard disfrutaba de la plana vista del campo que cruzaban, con lomadas blancas interminables, siendo bañadas todavía por una leve llovizna.
Una vez en el velatorio, la masa uniforme de negros paraguas cubría el cementerio y allí yacía el callado féretro de madera brillosa y manijas de oro, mientras el cura recitaba las mismas palabras que luego usaría para una muchacha que había muerto en otras circunstancias. Pero entre toda la masa de lamentos y llantos, había solo dos personas que parecían ajenas a los sentimientos, ubicadas en el fondo de la muchedumbre y en puntas diferentes. Richard observaba como quien veía una obra de teatro más, sin saber que alguien lo miraba desde una considerable distancia, con unos brillosos ojos.
En el camino de vuelta, Richard miraba el reloj antiguo de bolsillo que había heredado ese día. Era pequeño, plateado, con una larga cadena y unas manecillas complejas. Lamentablemente, este  había dejado de funcionar exactamente a las doce en punto. Esto lo llevó a recordar la nueva relojería y pensó dejarlo al día siguiente antes de irse a su trabajo.
Según lo planeado, con la misma vestimenta del día anterior, abrió la puerta del nuevo local, haciendo sonar la pequeña campana que había en el marco de la puerta. El negocio entero parecía una gran maquinaria de relojería. Engranajes de cobre por doquier, manecillas girando incesantemente, relojes avanzando y retrocediendo, grandes y pequeños, lentos y más rápidos. Todo el lugar estaba inundado en un incesante y variado tic-tac, que daba la sensación de haber entrado en una realidad totalmente diferente al exterior, como si fuera un enorme artefacto incansable.
De atrás del mostrador lleno de piezas de relojes, había una angosta escalera de madera vieja que crujió quejándose cuando bajó aquel extravagante personaje, que parecía poder bajar la escalera entera de un paso si quisiera, gracias a sus largas y delgadas piernas, que terminaban en unos grandes y puntiagudos zapatos con una reluciente hebilla de cobre. Su altura sobrepasaba por mucho la normal de los habitantes de Ironidge y su nariz terminada en punta era tan grande como para captar cualquier olor de la ciudad sin siquiera moverse. Unos largos y desarreglados cabellos como el carbón caían detrás de una alta galera y llevaba puestas un par de extrañas gafas gruesas de cobre, con unas lentes oscuras para proteger los ojos y con un aumento suficiente como para no perder ningún detalle por más pequeño que fuera.
Se movía casi como una máquina más del lugar, hasta llegar al mostrador, sobre el cual apoyó sus manos de largos y finos dedos como si se prepara a tocar una pieza de piano. Se quitó las gafas y miró a Richard con unos penetrantes ojos color miel o mejor dicho cobre, de tal manera que parecían tener un destello o brillo en ellos.
Atónito por la rareza de tal personaje, le mostró el reloj antiguo sin poder dejar de mirarlo a los ojos. Este tomó el artefacto como si lo atrapara con sus garras y lo observó con detenimiento. Luego giró y subió por las escaleras, haciendo crujir la vieja madera nuevamente. No sabía por qué, pero Richard no pudo siquiera preguntar para cuándo estaría arreglado su reloj.
Durante toda la tarde, Richard repasó una y otra vez la escena, encontrando cada vez más peculiaridades sobre la relojería, sus relojes y su particular dueño. Luego, en la cena le comentó la historia a su esposa, como si contara un cuento fantástico. Al irse a dormir a las nueve de la noche, miró por la ventana de su habitación en el segundo piso, en dirección a la nueva relojería, como buscando alguna señal que le explicara todas las dudas sobre este nuevo mundo que había frente a su casa; pero esta emoción infantil no le permitió advertir que desde el otro lado de la calle, en una pequeña ventana del segundo piso de una relojería que se había instalado recientemente en la ciudad de Ironidge, donde la realidad se convertía en un conjunto de engranajes y maquinas que tocaban una orquesta de ruidos y chirridos metálicos, dos ojos color de cobre que reflejaban la luz de luna lo miraban con tentadora ansiedad.
Al día siguiente, Richard siguió su rutina normal, pero al salir de la casa se quedó parado en el descanso de la escalera, mientras la nieve seguía cayendo sobre su abrigo, mirando en dirección a la relojería, ansiando saber si su reloj había sido reparado, no por la importancia del artefacto sino por el deseo de volver a entrar en aquel nuevo mundo. Entonces, llevado por la curiosidad que lo acosaba, se dirigió rápidamente hacia el negocio, sin importarle horarios, tiempos ni deberes, llevado solo por esa nube de misterio que envolvía el lugar.
Volvió a sonar la campana de la puerta con la entrada de Richard, quien como un niño comenzó a mirar todas las paredes del lugar. Bajo la sinfonía de los relojes, miraba cada detalle en los engranajes, en las manecillas, en cada artefacto. Nuevamente, igual que la última vez, volvieron a bajar los escalones detrás del mostrador aquellos mecánicos pies y las manos se apoyaron sobre el imaginario piano.
Richard se acercó emocionado, pero antes de poder pronunciar cualquier palabra, el relojero metió la mano en uno de los bolsillos de su chaleco y sacó el antiguo reloj, que volvía a sonar otra vez. Richard lo tomó y lo abrió viendo así que estaba en hora y las manecillas se movían correctamente. Entonces el alto hombre lo miró a fijamente con sus ojos cobrizos, giró y se dirigió hacia la escalera, sin pronunciar palabra alguna. Richard intentó detenerlo, para pagarle o por lo menos agradecerle, pero extrañamente las palabras no le salían de su boca. Finalmente decidió por dejar unas libras encima del mostrador y retirarse en silencio.
Cuando estuvo en el despacho de su fábrica, en lugar de revisar sus cuentas, el desempeño de su fábrica o sus negocios, se pasó el día entero mirando el reloj antiguo que había dejado sobre el centro de su escritorio, fumando su pipa y volviendo a encenderla cada vez que el tabaco se acababa. ¿Quién era ese alto hombre que había arreglado su antiguo reloj, de prominente nariz, delgados dedos como garras y largos pies, cuyos desarreglados cabellos de carbón sobresalían debajo de la galera y cuyos ojos como dos monedas de cobre destellaban con la luz? ¿Qué era lo que este hombre y su negocio poseían que le atraía tanto? ¿Por qué no podía pronunciar palabra frente a aquel hombre? ¡Él, que era imponente a la hora de negociar y hábil de palabra! ¡Él se había quedado mudo ante un hombre de inferior clase, que ni siquiera se mostró interesado en su dinero! Pensaba y pensaba, pero no encontraba una explicación lógica para todo lo que ocurría dentro de aquel lugar. La extraña figura de aquel hombre guardaba algo misterioso, casi inhumano, junto con aquellos ojos de cobre brillante que penetraban en su alma, que a la vez parecían inspeccionarlo, buscando detalles, errores, como si de una máquina se tratara. Tomaba el antiguo reloj, lo miraba, lo abría, lo escuchaba, intentando en vano buscar una respuesta, una explicación a todas sus dudas, que le mostrara quién era ese extraño relojero.
Durante la cena, no pudo evitar hablar sobre el tema y de lo irrespetuoso que había sido el relojero por no haber pronunciado palabra alguna. Mirando nuevamente hacia aquel negocio frente a su casa, esta vez con envidia y deseo, con los mismos ojos cobrizos observándolo desde enfrente.
A las seis de la mañana, Richard volvió a levantarse junto a su esposa, se vistió con la misma ropa de todos los días, se lavó la cara, se peinó hacia atrás, se afeitó con su navaja y volvió a cortarse. Tomó su té junto a su familia, leyó el diario mientras fumaba su pipa. Se puso su galera, tomó su bastón con el mango de plata, abrió la puerta y se quedó mirando  hacia la relojería por un largo rato. Aquel edificio que rompía con el equilibrio de su vida, aquella realidad diferente que se movía dentro y lo hacía desearla. En la fábrica volvió a sentir esas ansias, ese incontrolable sentimiento por conocer lo desconocido, pitada tras pitada, su desesperación lo comía cada vez más, en un interminable deseo por saber más acerca de aquel lugar, acerca de esa persona, de conocer qué había al final de aquella escalera por la cual bajaban aquellos zancudos pies.
Alrededor de las cuatro de la tarde volvió a su casa, con un paso ligero a través de las blancas calles, y volvió a detenerse frente a la relojería, mirándola fijamente, buscando descubrir sus secretos pero sin lograrlo. No pudo dormir su diaria siesta de las cinco y media, porque su mente todavía recorría el interior de aquel maravilloso negocio. Apenas tocó su cena, mirando a cada rato la ventana que mostraba el silencioso edificio de enfrente. Ni siquiera se acostó, lo único que podía hacer era mirar hacia la relojería, deseando estar en ella, recorrerla, conocer sus secretos. Al final, vencido por el cansancio, se durmió sentado en la silla que había arrimado a la ventana y soñó con aquel misterioso negocio, con aquel mundo de engranajes y relojes y con aquel aún más extraño relojero.
 Se despertó repentinamente con aquel tic-tac todavía sonando en su cabeza. Tocó cada uno de sus bolsillos hasta encontrar uno que todavía tenía algo dentro, metió la mano y lo sacó. El antiguo reloj se recostaba ahora sobre su mano marcando las once de la noche. Ese reloj, que también había sido tocado por los delgados dedos de aquel relojero que le había devuelto la vida, sonaba cada vez más fuerte en su mente, acosándolo, agobiándolo, pidiendo con cada segundo que marcaba la manecilla que fuera a la relojería y subiera aquellas escaleras. Sin poder soportar más, Richard guardó nuevamente el reloj en su bolsillo izquierdo, bajó rápidamente las escaleras, se puso su abrigo y salió a la oscura noche.
Ningún ruido lo hizo volverse, ningún alma en toda la inmensa oscuridad osó detenerlo, ningún perro ladró cuando aquella oscura figura cruzó la calle con nada más que la luna como testigo. Al golpear la puerta, esta se abrió haciendo sonar la pequeña campana. Entró intentando mirar en la oscuridad si alguien había visto su irrupción. Se acercó al mostrador y de la escalera comenzaron a bajar los largos pies, exactamente igual que las otras veces. Las manos con sus garras se apoyaron sobre el mostrador como si fuera un teclado de piano. Los ojos de cobre ahora reflejaban la luz de la luna, penetrando en el cuerpo de Richard como una flecha en su mente. Pero ninguno pronunció palabra alguna, solo el ruido de los relojes se escuchaba pesadamente en toda la habitación. Entonces el alto hombre giró y comenzó a subir por la escalera de la cual había bajado, mientras Richard seguía petrificado. Una vez solo, los relojes comenzaron a sonar cada vez más fuerte, hasta que su mente estuvo inmersa en un incesante y duro golpe de tic-tac, haciendo crecer más su locura.
En un arranque de ira, corrió hacia las escaleras, subió y se topó con una puerta. Apoyó su mano sobre la manija, sintiendo cómo el frío y las ansias le corrían por el cuerpo. La giró y entró, cerrándola luego.
Finalmente estaba en aquella habitación que tanto deseaba conocer. Solamente iluminado por la débil luz lunar que entraba por una pequeña ventana. Casi a ciegas, fue tanteando hasta llegar a esta, ya sin ningún ruido que lo molestara, como si todos los relojes del piso de abajo hubiesen enmudecido de repente. Esta vez era él quien miraba su propia casa desde aquella pequeña ventana del segundo piso de la relojería. Se volteó y descubrió lo que parecía ser una camilla, con una manta blanca ocultando algo debajo. Todavía cegado por sus ansias de descubrir más secretos sobre el lugar, quitó de un tirón la manta blanca, dejando al descubierto lo que esta cubría.
Allí estaba, acostado en una camilla del segundo piso de la nueva relojería de la ciudad de Ironidge frente a la casa de la familia Wallbury, solamente iluminado por la luz de la luna, el cuerpo de John Wallbury, el difunto tío de Richard Wallbury.
Recorriéndolo con la mirada de pies a cabeza, se podía ver cómo el pecho había sido abierto cuidadosamente, exponiendo todo el interior. Pero en lugar de órganos y carne, Richard halló una compleja maquinaria de bombas, engranajes, pistones y correas como  las que había en su fábrica, incluso había un reloj con sus manecillas en donde debiera estar el corazón. Lo que otrora fuera hombre, ahora era una máquina más.
Paralizado por la imagen, retrocedió unos pasos y chocó contra algo metálico. Comenzó a escuchar otra vez el tic-tac, ahora junto a su oído. Sintió cómo unos fríos dedos de acero como garras, se posaban sobre su hombro y cómo unos penetrantes ojos de cobre lo observaban. Nunca pudo saber por qué, pero en lugar de darse vuelta, luchar o correr, Richard metió la mano en el bolsillo izquierdo de su chaleco negro, sacando el antiguo reloj, lo abrió y miró que este se había detenido exactamente a las doce en punto, ni un segundo más ni un segundo menos.
A la mañana siguiente, como un afinado reloj, la vida en Ironidge comenzaba nuevamente con la salida del sol, el olor a pan caliente empezaba a recorrer las calles y los habitantes marchaban casi automáticamente hacia sus trabajos. Lo único que rompía con tal armonía diaria era el cuerpo de Richard Wallbury tendido boca abajo en el medio de la calle, con la blanca nieve todavía cayendo sobre él y dos ojos de cobre brillante observándolo desde la ventana del segundo piso de la relojería.

José F. Lombardo